Pasado vigente: Eduardo Arocena y la violencia política del exilio cubano

Acaba de fallecer en Miami, a los 82 años, con penas y sin gloria, una figura emblemática de la resistencia armada contra el régimen de Fidel Castro, entendida como ejercicio de violencia extrema contra civiles.

Por Arnaldo M. Fernández

La reciente muerte de Eduardo Víctor Arocena Pérez deja un manojo de connotaciones para la historia del exilio cubano en Estados Unidos, con un amargo, recio recordatorio que no debe saltarse en nuestra memoria errante.

Arocena falleció el pasado miércoles 10 de septiembre en Miami bajo el peso del derrame cerebral y otros problemas de salud derivados de casi 40 años de encarcelamiento, que concluyeron el viernes 25 de junio de 2021 al salir en libertad por razones humanitarias de la cárcel federal para enfermos en Rochester, Minnesota.

Una muerte, con penas y sin gloria, para una figura emblemática de la resistencia armada contra el régimen de Fidel Castro, entendida como ejercicio de la violencia extrema contra civiles.

Arocena fue fundador del grupo anticastrista clandestino –cuando clandestino era una palabra con cierto valor– Comandos Omega 7 en Newark, Nueva Jersey, el 11 de septiembre de 1974. Y falleció preso de la dicotomía de ser combatiente por la libertad de Cuba para unos y terrorista para otros.

Historia mínima

El 13 de febrero de 1985, el diario The Miami Herald publicó que 23 cargos relacionados con posesión ilegal de armas habían caído sobre Arocena, luego de dos horas y media de deliberación de un jurado con equilibrio de género —seis mujeres y seis hombres— en juicio presidido por el juez William Hoeveler.

Arocena recibido por su esposa en Miami tras su liberación en 2021. Foto: Cortesía familia Arocena.

Arocena se quejó de que el jurado creyera “en las mentiras de [Néstor] Gómez”, quien era militante de Omega 7 pero pactó con la fiscalía y declaró que, por orden de Arocena, había disparado con ametralladora contra la farmacia Hispania Interamericana; la farmacia atacada enviaba medicinas, ropas y otras cositas aportadas por emigrados a sus compatriotas en Cuba. Esa ametralladora y dos más fueron ocupadas en la guarida de Arocena, sita en 3034 SW Calle 7, La Pequeña Habana, junto con otras armas, silenciadores y parafernalia bombardera.

Arocena fue al juicio en Miami arrastrando ya una cadena perpetua y otros años adicionales de cárcel —la justicia estadounidense es así— impuestos el 22 de septiembre de 1984 por un tribunal de Manhattan. Aquí y entonces el fiscal Michael Tabak imputó a Arocena la acusación de detonar bombas y ordenar el asesinato de Félix García, empleado de la Misión de Cuba ante Naciones Unidas, baleado con pistola ametralladora Mac 10 el 11 de septiembre de 1980 al detener su Pontiac Grand Safari, con licencia diplomática, frente a un semáforo en el trayecto por Queens Boulevard rumbo a Manhattan.

Tras ser apresado Arocena el 22 de julio de 1983 en La Pequeña Habana y llevado a Manhattan para enjuiciamiento criminal, tres radioemisoras de Miami animaron una colecta con vistas a sufragar la defensa. Se recaudaron más de $20 mil dólares, pero en la audiencia preliminar salió a relucir que, desde septiembre de 1982, Arocena era informante del FBI y había echado pa’lante a militantes de Omega 7 “para limpiar su organización [de] simpatizantes comunistas”.

Así lo atestiguó el director adjunto interino del FBI, Kenneth Walton, quien luego declararía al Herald de Miami: “Él mismo destruyó la célula [clandestina]”. Salvador Lew, gerente de WRHC (AM), una de las estaciones de radio promotoras de la colecta, apuntó: “Es realmente sorprendente”.

Parches y granos

El abogado defensor de Arocena, Gerald Walpin, impugnó la fianza de un millón de dólares y alegó que su cliente tenía derecho a ser tratado “como héroe (…) en defensa de su país”. La jueza Nina Gershon repuso que rechazaba “el raro alegato de que, por tener altas miras, un terrorista merecía trato distinto”. Walpin soltó de pasada que Arocena había colaborado con los federales para fortalecer Omega 7 mediante la depuración de ciertos militantes asociados al narcotráfico.

Por obra y desgracia del “informante confidencial”, como rezaba la acusación, los militantes de Omega 7 Eduardo Losada, Andrés García, Alberto Pérez y Pedro Remón fueron encausados bajo cargos de transporte interestatal de explosivos. Arocena reveló cómo prepararon una bomba C-4 contra Castro en 1979, cuando el gobernante visitó Nueva York para dar un discurso ante la Asamblea General de la ONU, pero la ocasión “no se presentó”.

Eduardo Arocena. Foto: Latin American Studies.

Esta bomba terminaría siendo colocada con imanes debajo del automóvil del diplomático cubano Raúl Roa Kourí y la ocasión se presentó el 25 de marzo de 1980, pero Arocena cancelaría la operación porque varias niñas de una escuela parroquial andaban cerca del auto.

Arocena manejaba una serie de alias: Omar, Napoleón, Andrés, Alejandro Medina y Víctor. Al FBI confesó ser Omar, jefe fundador de Omega 7, y también sopló que Remón había ultimado a Félix García, además de prometer que entregaría unas 600 libras de explosivos.

A este último respecto, el agente del FBI Larry Wack y el detective Robert Brandt, de la policía de Nueva York, viajaron a Miami con Arocena, quien se escabulló y pasó a la clandestinidad. Unos diez meses después, el agente del FBI Kevin Currier detectó al fugitivo en La Pequeña Habana tempranito por la mañana; antes del mediodía, el rostro de Arocena se topó con una escopeta.

Dimes y diretes

Al ser entrevistado el domingo 25 de septiembre de 1983 en la prisión de Otisville (NY) por The New York Post, Arocena negó ser Omar y haber dado información al FBI. Por el contrario, se proclamó “un luchador civil en el exilio” y afirmó haber sido tachado de informante por el FBI a fin de liquidar a Omega 7 como parte del acuerdo secreto entre Washington y Castro para pacificar a Centroamérica.

Solo que por estar encarcelado, Arocena había dejado de pagar el alquiler de un espacio de almacenaje contratado en Miami con el alias de Alejandro Medina y el dueño procedió a abrirlo tras declararlo abandonado. Además de armas y otros petrechos de Omega 7, la policía ocuparía una lista de personas que debían dinero al narcotraficante Manuel Fernández. Este confesó haber pagado $150 mil dólares a Arocena para que sirviera de cobrador y conseguirle dos ametralladoras con silenciadores. Maximiliano Lora, socio de Fernández, testificó en igual sentido.

El tribunal de apelación recalcaría que la defensa de Arocena consistía tan sólo en su propio testimonio. Además de negar haber alquilado aquel espacio, alegó que las armas ocupadas en su guarida de La Pequeña Habana habían sido plantadas por el FBI, justificó sus confesiones con que había sido secuestrado y drogado, e impugnó las grabaciones de sus conversaciones por teléfono como prefabricadas.

Los jueces concluyeron: «Las entrevistas de Arocena con agentes del FBI y sus largas conversaciones grabadas con el agente Wack, combinadas con la copiosa evidencia material en su contra y el testimonio de 85 testigos, reconstruyen los detalles de una campaña terrorista impactante en su ferocidad y persistencia» [EE. UU. vs. Eduardo Arocena, 778 F.2d 943 (2.º Circuito, 1985)].

Historia para ser contada

Arocena nació el 26 de febrero de 1943 en Caibarién, antigua provincia de Las Villas. Dejó la escuela secundaria a los 16 años y pasó a trabajar como estibador en los muelles, pero descolló como campeón nacional de lucha libre (138 libras). Tras una gira atlética, rehusó irse a la URSS para entrenarse como piloto de combate. Al regresar a Caibarién volvió a trabajar como estibador, se casó y formó familia en 1962, pero aprendió ya a fabricar bombas como integrante de grupos subversivos.

El 26 de noviembre de 1965, Arocena dejó atrás a su esposa embarazada y tres hijos para irse de polizón en un carguero de azúcar con destino a Marruecos. De aquí pasó a Madrid y al cabo posaría como tripulante del transatlántico SS Independence para llegar a Nueva York.

Con ayuda de un ministro presbiteriano que había sido director de su escuela secundaria, Arocena obtuvo asilo político en Estados Unidos y se avecindó en Newark, Nueva Jersey. Aquí recibió la noticia de que su esposa había roto el matrimonio y poco después se casaría con Miriam García-Torrens, con quien tendría dos hijos.

Hacia 1967, Arocena se mudó a Miami y entrenó en los Everglades con otros muchos exiliados que animaban la invasión a Cuba que nunca se dio. Harto de la charlatanería, empezó a reclutar a militantes anticastristas del Movimiento Insurreccional Martiano y del Movimiento Nacionalista Cubano en Nueva Jersey.

Por el número inicial de sus miembros y por invocar el fin del castrismo con la última letra del alfabeto griego, Arocena bautizó a su grupo Omega 7. Ya ensamblaba cuidadosamente explosivos C-4 en una discreta habitación ubicada en los altos del supermercado Fruit Meat King en Newark. Al preguntarle el agente del FBI Larry Wacksi alguna vez le preocupó herir a los policías o bomberos que acudían a desarmar las bombas, Arocena respondió: «Todo eso es parte de la guerra»,

Guerrita civil

El domingo 25 de marzo de 1979, casi a medianoche, Omega 7 metió un bombazo en Park Avenue 492, Weehawken, sede del llamado Programa Cubano de Nueva Jersey. Al frente de este programa estaba José Eulalio “El Guajiro” Negrín, quien, como parte del primer diálogo con el régimen de Castro, gestionaba excarcelar presos políticos y reunificar familias, pero arrostraba la tacha de “mercader del dolor”.

Negrín aseveró que bombardear la oficina no detendría este programa, pero tras recibir aviso de muerte terminó baleado el domingo 25 de noviembre de 1979. Ese día salió con su hijo Richard, de 13 años, a un juego de fútbol escolar. Tenía su Buick estacionado frente a la casa, en Calle 10 No. 711, Union City, y el niño llegó a la puerta del pasajero delantero, pero Negrín no pasó de la defensa trasera. Desde un Ford Granada gris le dispararon con una subametralladora MAC-10.

Richard se hizo abogado y encajaría una caravana de sentimientos y argumentos legales desde que Arocena, a los 25 años de su arresto, solicitara perdón presidencial desde la cárcel de Terre Haute, Indiana, a instancia de su esposa, quien siguió pidiendo clemencia para ella y sus hijos por razones humanitarias.

Richard Negrín sostenía que Arocena tenía la suerte de conservar la vida en prisión, ya que debía encarar la pena de muerte por orquestar el asesinato de su papá y concitar violencia “que en ese momento no tenía precedentes». Arocena fue liberado en 2021 porque ya ni siquiera sabía dónde estaba y era preferible que muriera en casa.

Unas horas después del atentado a Negrín, alguien llamó a la agencia noticiosa AP en Nueva York para reclamar la responsabilidad en nombre de Omega 7 y advertir: “Vamos a continuar con estas ejecuciones hasta eliminar a todos los traidores que viven en este país”. Así quedó bien plasmada la variante extrema del desespero de los exiliados cubanos con Castro y el embullo de tumbarlo.

La beligerancia anticastrista se daba por entonces en Estados Unidos luego de la invasión demográfica de más de un cuarto de millón de cubanos en unos 3,049 mil vuelos de la libertad, entre el 1 de diciembre de 1965 y el 6 de abril de 1973, pero al iniciarse la década de 1980, la misión de exterminar a quienes se ajustaban a la plantilla de Negrín se tornó imposible.

Omega 7 no ejecutaría a otro exiliado renegado, sino a un empleado de la Misión de Cuba ante la ONU, Félix García, ametrallado con la misma MAC-10 del atentado a Negrín. Luego de proferir que la próxima víctima sería Raúl Roa Kourí, embajador de Castro ante la ONU, Omega 7 regó unas 15 bombas por diversos sitios en Estados Unidos antes de terminar desbandándose como consecuencia de la caída de Arocena en el jamo del FBI.

Arocena mismo aseveró a sus captores que Remón había sido el gatillero de la MAC-10 en ambas ejecuciones. El FBI no pudo corroborar esta doble imputación, que sobrevino luego del cisma de Arocena con Remón a principios de 1981 en medio de una puja intestina.

Para el 29 de octubre de 1993, el FBI reconocía: “Aunque sigue sin estar claro, se cree que Arocena cooperó porque pensaba que Remón y otros militantes de Omega 7 estaban colaborando con el gran jurado para implicarlo en los asesinatos de Negrín y García”. Al filo de la investigación, el jefe de la policía de Union City, Herman Bolte, sentenció: «Por lo general, los cubanos resuelven sus problemas entre ellos”.

Así parece ser, hasta los días de hoy, puesto que ellos mismos se encargan de crearlos.

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