Esperando al Papa Francisco: San Fidel de Birán

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La estampa religiosa de San Fidel fue impresa en La Habana el 9 de febrero de 1960.


Por Miguel Fernández Díaz
Hacia 1960 circuló una estampa religiosa de Fidel Castro que marcaba su transfiguración en ideólogo de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana. Así lo advirtió el cura franciscano Ignacio Biaín (1909-63): “El fidelismo es ya en Cuba una realidad para muchos años y dominará todos los cuadros políticos y sociales [Quienes] incitan a la guerra [y] se agarran a ella como remedio para mantener el sistema del pasado, serán execrados por Dios y por la Historia” (La Quincena, No. 10, 1960, página 7).
En la víspera de izarse la bandera americana junto al Malecón sin que su régimen haya reculado, Castro cumple este jueves 89 años de vida, a solo tres de la transición pacífica a un Jefe de Estado y Gobierno en Cuba sin su apellido. Así viene acercándose también el día en que los exiliados tendrán que ir al Memorial Cubano en Tiamiami Park, adonde no suelen ir los lidercillos opositores de visita, para ponerse de rodillas, inclinar la frente y decir a las víctimas del castrismo: ¡Hermanos, la revolución de Castro está hecha más allá del propio Castro; vuestra sangre se derramó en vano!
Utopía desalmada
Castro apareció muerto por primera vez el 28 de julio de 1953 en la primera plana del periódico habanero El Tiempo. Su cadáver siguió muriendo y su penúltima resurrección dejó con un palmo de narices a los anticastristas cirqueros que habían detectado unos mármoles rosaditos para su tumba en Santiago de Cuba, como si no se cayera de la mata que Castro, de haberlo querido así, hubiera ordenado erigir su mausoleo con la debida antelación por lo menos desde la sirimba intestinal en 2006.
Al parecer Castro no sólo va a morirse cuando le dé la gana. Tal como llegó al colmo de la dictadura por ejercerla sin ningún atributo de mando a través de su hermano menor, Castro podría llegar también al colmo de la utopía en el recto sentido etimológico [del griego ou (no) y topos (lugar)]: no habría lugar preciso de sepulcro donde orinar, escupir o desfogarse de otro modo si, como última voluntad, Castro mandó a ser cremado y a esparcir sus cenizas por algún lugar de la Sierra Maestra y/o Playa Girón, algo que se podría inferir de su reflexión sobre la muerte de Iris Dávila, madre del malogrado Carlos Lage, el 21 de enero de 2008: “Por decisión propia sus restos fueron cremados y esparcidos (…) Escaparon así del frío y silencioso mármol”.
Obra pedida agotada
Más acá de las inferencias está la evidencia de que su muerte no será verdad por haber cumplido bien la obra de la vida que se propuso en la cárcel el 6 de abril de 1954: “¡Con cuánto gusto revolucionaría este país de punta a cabo!”. Lo hizo tan a fondo que dejó al país hecho leña. Y a tal efecto pasó por encima de la CIA y la USAID, los alzados y los exiliados, la microfacción y la oposición, para dejar chiquitos a Machado y Batista, quienes fueron derrocados antes de cumplir una década en el poder.
Muchos intentaron matar a Castro más allá de los periódicos, la radio, la televisión e Internet, pero nunca consiguieron hacerlo porque también querían ver el entierro. Lo que no tiene explicación es por qué Castro no se ha muerto de risa con la atención que le prestan cuando sale o no sale, o con el alarde de ciertos disidentes que aparecen en fotos junto a Obama mientras Raúl Castro negociaba en secreto con él, o con la jactancia de otros opositores por haber visto al Papa mientras este cooperaba con el gobierno.
Antes que avergonzarse por la longevidad del castrismo, el anticastrismo circense atiza su crítica con improperios contra el viejo enclenque y consuelos de que el régimen teme al futuro. En este ejercicio recurrente por décadas se olvidó que la clave para enfrentar el castrismo no radica en echarle con el rayo, sino en hilar fino para tumbarlo.
Revolú: Buy One, Get One Free
Los consuelos en el presente se afincan con que tampoco el pasado es vergonzoso. Ese fenómeno histórico denominado revolución cubana -que vino al mundo el 26 de julio de 1953 con los fórceps de Fidel Castro- viene entonces al cuento (a vivir del cuento) con que hubo dos revoluciones y así podemos llevarnos una gratis.
Así que había una vez un primer gobierno revolucionario bueno con el presidente Urrutia, el premier Miró Cardona y otros revolucionarios ahora olvidados que personificaron la revolución triunfante de 1959, pero no aquella que comenzó a institucionalizarse a partir de 1960, cuando el gobierno bueno acabó siendo desmantelado para dar paso a otro malo convoyado con un nuevo programa político de nación: el comunismo.
El quid historiográfico sería entonces descifrar si el giro comunista de Castro fue cosa de convicción ideológica o de coyuntura geopolítica, como si esto sirviera para tapar que la nación cubana no se avergonzó de que Castro hiciera con la revolución lo que le vino en ganas, incluso formar a su antojo y con guión prescrito aquel primer gobierno tan bueno, tal y como queda demostrado con esta cronología mínima:

  • 17 de abril de 1954. Desde la cárcel, Castro instruye a Melba Hernández: “Mucha mano izquierda y sonrisa con todo el mundo (…) Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas”.
  • 14 de agosto de 1954. Castro puntualiza desde la cárcel a Luis Conte Agüero que “la jefatura es básica” y hay que ser implacable con quienes traten “de crear tendencias, camarillas, cismas o alzarse contra el movimiento”.
  • 17 de febrero de 1957. Al preguntar Herbert Matthews sobre la proclamación de un gobierno revolucionario, Castro responde: “Lo haré en su oportunidad”.
  • 5 de julio de 1957. Frank País insiste en formar gobierno en la Sierra Maestra con figuras prestigiosas de la escena política, como Raúl Chibás y Felipe Pazos.
  • 12 de julio de 1957. Chibás, Pazos y Castro firman el Manifiesto de la Sierra Maestra, que convoca a un Frente Cívico Revolucionario y a “designar desde ahora una figura llamada a presidir el gobierno provisional”.
  • 16 de octubre de 1957. Armando Hart deja constancia, en carta al propio Castro, de la jugada que su grupo político prepara con el gobierno provisional: “Éramos un grupo [y] ahora somos la revolución. [Ese gobierno] es un contrasentido necesario [y] útil por el momento, [pero] destinado más tarde o más temprano a fracasar. Ahí será el momento soñado de la revolución. Por esta razón (…) no nos debe interesar más que integrar gobiernos con personas que no están a su vez integradas a la revolución”.
  • 14 de diciembre de 1957. Castro denuncia el Pacto de Miami, suscrito el 15 de octubre de 1957, y aparta a las demás organizaciones antibatistianas con el reclamo de todo el poder para su grupo: desde la designación del presidente del gobierno provisional hasta la reorganización de las fueras armadas.
  • 25 de enero de 1958. El juez Urrutia, exiliado a instancia de Hart, confirma en declaración al periodiquito neoyorquino Patria que no tenía la más puta idea de la jugada de Castro al aceptar la presidencia del gobierno provisional: “A esta tarea dedicaré todos mis esfuerzos, aunque no sepa por qué fui escogido”.
  • Mayo 3 de 1958. Castro impone y formaliza su mando único desde la Sierra sobre el resto (Llano y Exilio) del Movimiento Revolucionario 26 de Julio.
  • Julio de 1958. En pleno alarde ofensivo del ejército batistiano, Castro advierte por escrito a sus comandantes de columna: “Esta ofensiva será la más larga de todas. Después del fracaso de ésta, Batista estará irremisiblemente perdido”.
  • 18 de diciembre de 1958. Castro se reúne con el núcleo de su grupo político en La Rinconada para completar el gobierno de Urrutia, quien había nombrado ya a Roberto “Masaboba” Agramonte como canciller, a su amigo Ángel Fernández como ministro de Justicia y a Luis Buch como secretario de la presidencia.

Castro y su grupo acuerdan proponer a Julio Martínez (Salubridad y Asistencia Social), Manuel Fernández (Trabajo) y Raúl Cepero (Comercio), así como crear el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados. Castro se reservó tres carteras (Obras Públicas, Gobernación y Agricultura), dejó pendientes las demás (Defensa Nacional, Comunicaciones, Educación y Hacienda).

  • 2 de enero de 1958. Urrutia toma posesión en Santiago de Cuba y debía asumir la jefatura de las fuerzas armadas, por imperativo de la pregonada Constitución de 1940 (Artículo 142. ll), pero nombra Comandante en Jefe a Fidel y designaría luego a Raúl como segundo jefe (Decreto 377, 2 de febrero de 1959).
  • 3 de enero de 1959. El primer gobierno revolucionario se constituye con Urrutia y apenas cinco ministros (Masaboba, Buch, Ángel Fernández, Julio Martínez y Faustino Pérez)
  • 5 de julio de 1959. Urrutia y su gabinete corto vuelan a la capital. Al despedirlos en el aeropuerto de Santiago, Raúl Castro cuela al capitán José Ramón Machado Ventura como jefe militar del Palacio Presidencial.

El avión hace escala en Camagüey por orden de Castro, quien había soltado que Miró Cardona “sería un bálsamo para la burguesía” como premier y designado a Hart como ministro de Educación. Castro sube al avión con el Che Guevara; al bajar ya están nombrados, además de Miró Cardona y Hart, los titulares de las carteras que Castro se había reservado en La Rinconada: Luis Orlando Rodríguez (Gobernación), Manuel Ray (Obras Públicas) y Humberto Sorí (Agricultura).
Al llegar al Palacio Presidencial, Urrutia promete: “Tendremos gabinete de concentración revolucionaria. Cuantos intervinieron en esta brega tendrán allí su representación”, pero no designó ministro a ningún militante de la bandería que Castro repudiaba al punto de regañar al Che Guevara, el 26 de diciembre de 1958, por incurrir con el Pacto del Pedrero en “un grave error político al compartir tu autoridad, tu prestigio y tu fuerza con el Directorio Revolucionario”.
Lección histórica
Las crisis gubernamentales del 13 de febrero, 11 de junio, 17 de julio y 25 de noviembre de 1959 acreditan que quienes quedaron por ellas en el camino de la revolución cubana no contaban con base política propia, sino prestada por Castro, ergo: tan movediza por debajo como revocable a capricho desde arriba.
Los otros revolucionarios de aquel primer gobierno bueno quedaron cesantes en virtud del mismo aparato político que llegó a encumbrarlos. Y tras apartarlos Castro de un soplo, todos abandonaron el espacio político público sin decir ni pío. Tan solo Humberto Sorí Marín regresaría con la animosidad de que “yo fui uno de los que lo puse [a Fidel] y tengo que quitarlo”, como dijo a su abogado defensor antes de ser fusilado el 20 de abril de 1961. Miró Cardona tenía previsto venir detrás de la Brigada 2506, pero ya sabemos qué pasó. Manolo Ray voceó después que venía, pero nunca llegó.
Así, Fidel Castro pasó a la historia como el único exiliado cubano que recurvó en son de guerra y tomó el poder. Y como apunta el Dr. Sergio López, nadie se cree el cuento de paladines de la democracia en el primer gobierno revolucionario. Aun el anticomunista Urrutia tachó de traidor al comandante Pedro Luis Díaz Lanz, a pesar de que este alegaba haber desertado como consecuencia de la penetración comunista en el Ejército Rebelde.
La mutación del héroe, la revolución traicionada, el giro al comunismo y otras avestruces historiográficas meten la cabeza en la arena geopolítica o ideológica para no mirar a los ojos de una nación que trabó cierta relación solidaria entre su pueblo y el gobierno dictatorial sin avergonzarse de sí misma. Mucho menos si la parte exiliada de esa nación no se avergüenza de empollar como anticastrismo cada penúltima ocurrencia de víctimas de la represión política que se ofertan como líderes opositores, pero sin masas.
¿Psico-sociología o socio-psicología?
¿Cómo se explica que un abogado casi desempleado, que iba tirando con remesa familiar, sin pedigrí político y con antecedentes de pandillero, pasara por encima de la dictadura de Batista y a la vez por encima de todas las demás figuras y grupos antibatistianos? Quizás porque la proclividad de la nación cubana a seguir al caudillo guerrero y autoritario se revolucionó con Castro y su ideología totalitaria, derivada de la fidelidad y la obediencia absolutas propias de la pandilla urbana.
Justo Carrillo Hernández, por ejemplo, terminaría revirándose contra Castro e integró el liderazgo del Frente Revolucionario Democrático (FRD), pero no subió con Chibás, Pazos y otros a la Sierra Maestra por oponerse de entrada a Castro, sino a la constitución del gobierno revolucionario en armas por la razón que expresó al propio Castro en carta fechada el 25 de julio de 1957: “Me opongo porque constituirlo es definir y la más simple definición entraña limitación. Limitar la impetuosísima esperanza que has hecho nacer en el pueblo cubano. Limitar la verdadera jerarquía de lo que en su día será tu equipo de gobierno. Limitar las posibilidades del más rápido derrocamiento del déspota. Limitar la amplia y ancha colaboración que se te presta, hoy centrada totalmente en ti y restringida en ese caso por antipatías, sectarismos e intereses”. (Cf.: Franqui, C.: Diario de la Revolución cubana, Ruedo Ibérico, 1976, p. 280).
Así la totalidad sociopolítica del país quedó simplificada a la unidad alrededor del líder y advino el gobierno dictatorial que la nación cubana se merecía.
Aquella estampa religiosa entrañaba el mensaje que el padre Biaín había largado ya en ocasión del juicio contra Huber Matos (La Quincena, número 20, 1959): “Mucha gente se montó en el carro de la Revolución. Cada cual había fijado al tren su paradero. Y ahora son muchos los que, alarmados y desilusionados, ven que el tren sigue su marcha sin detenerse en ‘su estación’. Yo tengo fe en Fidel y pienso que su estación será la última y la definitiva”.
La estampita de San Fidel, impresa en el ya lejano 9 de febrero de 1960, es hoy un incunable que tal vez forme parte de los rescates del catolicismo isleño en vísperas de la visita del Papa Francisco a Cuba, quien abogará por la reconciliación de todos los cubanos. Una verdadera joya de la conciliación nacionalista que alberga una oración al Santísimo, pidiéndole bendecir al Comandante Fidel Castro Ruz y en general a las familias cubanas, nuestras tierras y la abundancia de sus frutos por medio de la Reforma Agraria”.
O tal vez, mientras se espera a Francisco, John Kerry puede ir adelantando las bendiciones de Washington a Castro en su aniversario 89. Que ya ha pasado todo, a la vista de Dios.

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