Miradas cubanas: María Callas cien veces assoluta

Devolvió a la ópera un rostro humano y hermoso, imborrable y firme, una voz que nos recuerda la fragilidad de toda belleza auténtica.

Miradas cubanas: María Callas cien veces assoluta
Maria Callas durante los rodajes de "Medea", de Pier Paolo Pasolini, en 1969. Foto: Archivo.

Por Norge Espinosa Mendoza

Bajé al columbario del cementerio parisino sin saber si sería capaz de encontrar el nicho donde alguna vez estuvo la urna con sus cenizas. El frío en ese submundo era, literalmente, frío de muerte, y aunque deteste las frases hechas no puedo hallar mejor modo de describir lo que sentí al pisar esos escalones. Antes de que yo mismo pudiera darme cuenta, encontré lo que buscaba, identificado por la placa que confirmaba que ahí había estado lo que fue alguna vez el cuerpo de Maria Callas, reducido a lo que más tarde, para evitar robos y otras anécdotas, fue dispersado sobre las aguas del mar Egeo. Me alegró que ella no perdurase en esa frialdad tan rotunda, que su mito no pudiera reducirse a esa inscripción de letras doradas en un lugar donde el silencio y su voz no se reconciliarían nunca.

Los cien años del nacimiento de Maria Callas finalmente se han cumplido, y he pasado el día escuchándola, pensando en esa mujer extraordinaria, y en la manera en que, para sus fieles, ella consiguió redibujar la idea de la ópera misma.

Callas en el personaje de Giulia de la ópera La Vestale, de Gaspare Spontini, en 1954.

No fue la belleza más absoluta entre las cantantes de su tiempo. No tuvo la voz limpia y cristalina de otras, algunas de ellas sus rivales. No logró una carrera extensa, como sí la tuvieron otras. No pudo evitar el aura temible de su propio temperamento, ante periodistas y curiosos que la miraban como a una esfinge que de pronto empezara a cantar. Y sin embargo, es recordada como la más espléndida, como la más deslumbrante, como una suerte de alfa y omega, que sirve de medida a las que fueron, son y serán en ese ámbito al que ella, con sus dotes y su capacidad de voluntad inquebrantable, devolvió incluso obras que se creían ya perdidas y olvidadas.

Quiso -lo confesó- ser una mujer de familia. Y no lo logró. Pudo más sobre su vida real el mito que ella alzó en el escenario. Y sus grabaciones, las de estudio y las que se hicieron en tantos escenarios mientras ella entonaba arias de Verdi, Puccini, Rossini, Bellini, Mascagni, Leoncavallo, Donizetti o Ponchielli, narran su vida más que su propia biografía. Si con alguien guerreó a lo largo de su existencia no tan larga, entre 1923 y 1977, fue consigo misma, hasta convertirse en la imagen y la voz que ella quiso ser, a costa de cualquier sacrificio.

María Callas. Foto: VINTAGE.ES

En cierto modo, eso se traduce en todo lo que nos legó. En su timbre, que a ratos puede hacerse estridente, y en sus dotes como actriz, que el cine no logró vislumbrar más allá de la Medea que filmó a las órdenes de Pasolini. En ese empeño constante por superarse a sí misma, por exigirse todo lo que el arte le demandase, hay una huella de dolor que alienta en cada una de sus interpretaciones. Y que aún es perceptible, como sombra y contraluz de su leyenda.

Visconti, que la dirigió en varias óperas, recuerda que en una noche de La Scala, uno de los integrantes del clan que no la recibía allí con gusto, lanzó al escenario un racimo de verduras. Y que Maria, miope como era, las recogió como si fueran flores. Lo que pudo haber sido una broma de resonancia cruel devino gesto triunfal cuando ella, descubriendo que se trataba de rábanos y cosas por el estilo y no de un ramo de flores, se inclinó ante el auditorio como si se tratase de un puñado de rosas, devolviendo el golpe con un ademán de diva.

María Callas. Foto: VINTAGE.ES

Así puso la Scala a sus pies, y el Metropolitan, y el Covent Garden, y la Ópera Garnier, a pesar de sus desplantes, de sus suspensiones, de sus exigencias en pro de lo que ella estimaba que no era el grado óptimo de lo que debía exigirse, pasando de ser aquella joven griega nacida en New York, obesa y con espejuelos de gruesos cristales, a la estilizada figura que los modistos amaron tras una metamorfosis casi increíble. Maria estaba transformándose en la Callas, y cuando lo logró, ya nada pudo detenerla. A su modo, como algunos nombres geniales del arte de su siglo, ella traspasó todas las convenciones para demostrar que lo imposible es casi siempre una simple excusa en la que se refugian los talentos menores.

A cien años de su nacimiento, lo ha sobrevivido todo. Desde el golpe brutal que fue la noticia del matrimonio de Onassis, el hombre ante el que hubiera rendido todas sus aspiraciones artísticas, con Jacqueline Kennedy, hasta la pérdida de la confianza en sí misma y el retiro en el lujoso departamento de París, tras el fin de la gira emprendida junto a Giuseppe di Stefano cuando ya su garganta estaba quebrantada. También ha sobrevivido a las malas biografías, al holograma que el público contempla entre escandalizado e hipnotizado en una tournée que quiere seguir sacando dinero de su fama, a las fábulas de su feudo con Renata Tebaldi, sin que nada de ello rompa el hechizo que aún perdura en su voz. Esa voz que es, en todo caso, más allá de cualquier canon de pureza, un canon propio de verdad, de honestidad, de dolor que extrae su belleza única de esa biografía vivida desde el canto. La alumna de Elvira de Hidalgo sabía que la música era su refugio y su reino propio. El precio de esa corona fue el de una carrera tan rutilante como breve. Y la certeza de que otra vida, más allá de la muerte, le daría todo lo que en sus 53 años tuvo a veces tan cerca, al alcance de la mano, sin poderlo nunca atrapar del todo.

“Una vez que oyes a Callas, no puedes oír a nadie más”, dijo una vez uno de mis directores, que había llegado a trabajar con Joan Sutherland, cuando hablábamos de su grabación de Carmen. La frase, aunque cortante, es perfectamente comprensible para quienes hemos optado por escucharla como parte habitual de nuestros gustos, de nuestras existencias. Ella vive en ese modo tan radical, y no acepta elogios tibios. Lo que en otras figuras notables ha sido talento natural, técnica impecable, musicalidad y oído entendido como un don, en ella se obtuvo mediante estudio, empeño, rigor, y entrega consciente y sin dobleces. Lo que ella es hoy, a un siglo de nacimiento, es ese punto máximo que nos confirma que el talento real, el genio (y ella lo fue) es el resultado tenaz de una mezcla de elementos que no se produce como por arte de magia, sino que esa magia, precisamente, proviene de tantos otros cuestionamientos y exigencias. Y que si de ahí brota ese caudal que nos emociona, nos seduce, nos traspasa, es porque el ser humano que hay detrás de tal prodigio, se ha hecho, incluso inconscientemente, preguntas mayores, hasta dar con el atisbo de una respuesta que aún nos ilumina.

Quien quiera, puede quedarse con el mito de la Callas. Con las fotografías donde ella abre una ventana en París, y parece digna de una portada de Vogue. Con los agudos que quiebran el aire, lo mismo en su Lucia, que en La Traviata de Lisboa. Con sus arranques ante agentes de la prensa que salían a provocarla para obtener sus titulares, o con su imagen en las lujosas fiestas del jet set, a bordo del yate Christina, o en las recepciones de Elsa Maxwell. Y no faltará quien aún, reconociéndola incluso como el icono que ella ha devenido, apueste por otras voces por encima de la suya. Todo eso es parte de su biografía, indudablemente.

Retrato de Callas (2004)/ Oleg Karuvits.

Pero como digo, su mejor historia de vida se revela en lo que cantó y cómo lo cantó. Por encima de esa muerte fría en un nicho vacío, por encima de las últimas noches en su retiro de la avenida Georges Mandel, podemos entenderla mejor en esa dimensión absoluta que ella se construyó, oyéndola sin sentir jamás cansancio. En esas veladas de París, cuentan que escuchaba sus grabaciones una y otra vez, y acaso eso sea parte del filme que anuncia Pablo Larraín, con Angelina Jolie como protagonista.

En cierta manera, eso hemos hecho sus fieles de todo el mundo. Y oírla ahora, en Ciudad de México, no demasiado lejos del Palacio de Bellas Artes donde ella cantó, no se diferencia mucho de lo que algún admirador o admiradora hacen conmigo, al unísono, en cualquier otro punto del planeta, para cerrar el círculo de su centenario con una nueva nota de tributo a su voz, a su perfil, a su pasión. A la idea que ella nos sigue brindando aún hoy acerca de la ópera, a la que devolvió un rostro humano y hermoso, imborrable y firme, una voz que nos recuerda la fragilidad de toda belleza auténtica. Como una vestal que ha inaugurado, entre nosotros y en nuestra memoria, su propio culto.

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