Peloteros cubanos querían morir en accidente tras perder con EEUU en 1981

Antonio Munoz, en sus dias gloriosos como bateador.Por Wilfredo Cancio Isla

En una insólita exaltación de patriotismo, los peloteros del equipo Cuba desearon morir en un accidente de aviación de regreso a La Habana luego de perder una importante competencia internacional frente al equipo de Estados Unidos en 1981.

No es una invención ni una frase hiperbólica por muy exagerada que parezca 30 años después. Lo ha confesado en una reciente entrevista Antonio Muñoz, el ex estelar primera base de la selección nacional y los equipos villareños.

“Cuando perdimos en Edmonton [en agosto de 1981] no sabíamos qué era más malo, si enfrentarse al pueblo de Cuba o la propia derrota. No exagero, a la hora de montarnos en el avión, muchos peloteros pedían que se cayera para no llegar y pasar la pena deportiva”, aseveró Muñoz, devenido hoy entrenador del béisbol infantil en la isla.

Luego de 14 años ininterrumpidos de victorias frente a equipos de Estados Unidos, Cuba perdió frente a la novena norteamericana en el juego final de la V Copa Intercontinental de Béisbol, celebrada en Edmonton, Canadá. Los cubanos no perdían un partido oficial con conjuntos estadounidenses desde los V Juegos Panamericanos de Winnipeg, en 1967.

El partido se celebró el domingo 16 de agosto de 1981 y se decidió dramáticamente en el noveno inning. Horas después los cubanos retornaron a La Habana vía Montreal.

Según recordó el entonces capitán del equipo Cuba, el estado depresivo de los jugadores era tan preocupante que antes de montar al avión los dirigentes de la delegación tuvieron que conversar con ellos para animarlos y ayudarlos a asumir la derrota.

“Venía el presidente del Comité Olímpico Cubano, Manuel González Guerra, y cuando oyó esas expresiones nos reunió en Montreal y dijo: tenemos que enfrentar la derrota y cargar con ella hasta convertirla en victoria”, contó el legendario pelotero, popularmente conocido como el Gigante del Escambray.

Fue el preludio del fin de la hegemonía de los equipos cubanos en la arena internacional. Un año después, en el verano de 1982, la selección criolla perdió la medalla de oro frente a República Dominicana en los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados en La Habana.

Munoz, dedicado a ensenar beisbol a los ninos.“En 1982 perdimos porque llegamos pasados de entrenamiento, agotados física y mentalmente. El equipo dominicano no era superior, pero aprovechó nuestro mal momento”, rememoró Muñoz, de 62 años.

La derrota marcó la salida de Servio Borges al frente de la selección nacional. A pesar de los cuestionamientos que históricamente recibió como mánager autoritario y voluntarioso, Muñoz considera positivamente su paso por los equipos en que ambos estuvieron.

“Servio Borges tenía algo particular, practicaba la disciplina dentro del equipo. Cuando él entraba al hotel, albergue o estadio imponía respeto, disciplina, carácter. Y eso es muy importante”, afirmó. “No eran tan grandes sus conocimientos, como la línea de trabajo que mantenía”.

En la entrevista con el diario Trabajadores, el “toletero de Condado” revela una superstición que mantuvo de por vida antes de entrar a la caja de bateo: “Siempre andaba con un pañuelo blanco y todas las veces que fui al bate me lo pasé por la cara. No se me deformó el rostro ni me quedé ciego, me hizo más útil y mejor”.

Grande entre los grandes

Considerado entre los grandes bateadores cubanos de todos los tiempos, Muñoz jugó en 24 series nacionales e integró la selección nacional desde 1975 a 1986. Las estadísticas de los campeonatos cubanos lo mantienen aún entre los primeros en múltiples categorías ofensivas.

En los torneos nacionales Muñoz acumula promedio ofensivo de 302, con 2,14 hits, 355 dobles, 370 jonrones y 1,407 carreras impulsadas. Su promedio defensivo en primera base fue también excepcional: 990.

Pero la afición cubana lo recordará siempre por un espectacular jonrón que conectó en el Campeonato Mundial de Japón, en 1980, en el juego decisivo en que Cuba derrotó al equipo anfitrión con marcador de 1-0.

“Le dije al banco: párense que voy a decidir esto. Y al primer lanzamiento le di jonrón sobre una recta alta [al pitcher Yukio Takemoto]”, recordó Muñoz.

La mención a la victoria cubana en Japón me remonta una anécdota periodística de la que fui testigo a raíz del batazo de Muñoz.

Una dedicatoria arreglada

Al día siguiente del triunfo cubano, a un periodista de la emisora provincial Radio Sancti Spiritus se le ocurrió pedir permiso para entrevistar a Muñoz vía telefónica desde Japón, considerando que se trataba del primera base titular de la selección espirituana (Muñoz estuvo en el equipo que le dio a Sancti Spíritus su único título nacional en la historia, en 1979).

Por entonces me contaba entre los colaboradores de la programación deportiva de Radio Sancti Spíritus. Varias personas que se encontraban esa mañana cerca de la oficina del director de la emisora y dirigente provincial, Alexis Sotolongo, pueden dar fe de lo sucedido.

Contactado telefónicamente en Tokio, Muñoz respondió: “Dedico el batazo a todo el pueblo de Cuba y a mis dos hijas jimaguas que nacieron recientemente”. Pero en ese justo momento, Sotolongo le indicó al entrevistador que parara la grabación y recomendó: “Dile a Muñoz que hace falta que diga que el cuadrangular lo dedica al Comandante en Jefe [Fidel Castro] y a la asamblea del Partido [Comunista] que sesiona hoy…”

El periodista se quedó perplejo momentáneamente, pero cumplió la orden. Y Muñoz accedió a la petición. A las dos horas, la reunión partidista aplaudía las palabras del  estelar jugador a la emisora, con la “dedicatoria arreglada” tras su batazo. La grabación se repitió varias veces en la programación del día.

Hay otra anédota aún más triste que tal vez Muñoz haya borrado de su memoria.

Tienda solo para españoles

En 1991 acababa de retirarse como jugador activo y fue nombrado como entrenador del equipo Las Villas.  Al dejar las prácticas diarias, cogió unas libras de más y necesitó cambiar un jean (pantalón vaquero) que no le cerraba en la cintura por uno de talla más grande.

Fue hasta el Hotel Jagua, en Cienfuegos, donde era ampilamente conocido y querido.

Una amiga que trabajaba en la tienda del hotel había accedido a cambiárselo, pero en el momento que Muñoz observaba la nueva prenda de vestir, entró la administradora, que desconocía tanto de béisbol como de dignidad humana, y exclamó con voz autoritaria: “¿Qué hace este señor aquí?”

Por segundos, Muñoz pensó que era una de sus miles de admiradoras, pero al ver el rostro contrariado de la señora, se quedó impávido y se retiró del lugar con lágrimas de rabia en sus ojos.

La administradora remató a la dependienta con una aseveración discriminatoria de matiz racista: “Bien sabes que este hotel es solamente para españoles y él no tiene nada de gallego”. El incidente puede atestiguarlo un chofer del Hotel Jagua que vive hoy en Miami y que se escurrió del lugar pensando que el próximo expulsado de la tienda iba a ser él.

Pero la gloria de Muñoz está situada muy por encima de esas pequeñas trampas de la insensatez.

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